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Porqué Ramá

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Esto dice Yavé: En Ramá se han oído unos quejidos y un amargo lamento: es Raquel que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, pues ya no están. Así dice Yavé: Deja de lamentarte, y seca el llanto de tus ojos, ya que tu prueba tendrá su recompensa: tus hijos volverán del país enemigo. Ten esperanza para el futuro, pues tu descendencia regresará a su tierra. (Jer. 31, 15-17)

Este texto se enmarca dentro de un mensaje de consuelo que lanza el profeta Jeremías a los cautivos, ante el problema del exilio del reino del Norte (o reino de Israel)[i]. Dios les asegura que se reunirán con el reino de Judá (o reino del Sur) y juntos servirán a Dios y al gobernante davídico elegido por Él. Dios manifiesta al reino del Norte su amor eterno y promete liberar a los exiliados de sus captores. Como un pastor, los conducirá de regreso a casa y restaurará su prosperidad y su gozo.

El profeta Jeremías recupera a Raquel[ii], como figura simbólica que representa al reino del Norte. Dios le exhorta para que deje de llorar por sus hijos exiliados, pues ellos algún día regresarán a la tierra.

La Convención de las Naciones Unidas contra el Crimen Organizado Transnacional, en su Protocolo de Palermo, define la trata de seres humanos como: «La captación, el traslado o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza, la fuerza u otras formas de coacción, para obtener el consentimiento de una persona que tiene autoridad sobre otra, con fines de explotación (…)”. En esta definición se recoge que la finalidad de la trata es la explotación de las personas tras su traslado de un sitio a otro, de forma ilegítima, a través de las fronteras nacionales. Esta experiencia de cautiverio, de migración forzada y violenta, es la que llora Raquel y clama por su liberación.

Cabe destacar en este texto que “los quejidos y lamentos” de esta mujer bíblica, son quejidos y lamentos que expresan un sentir grupal. El llanto de Raquel no versa sobre de su propio dolor personal, sino que en su grito queda recogido todo el sufrimiento un conjunto de personas que están atenazadas y violadas en sus derechos fundamentales. El clamor de esta matriarca de Israel es, en primer lugar, un lamento colectivo. Este texto bíblico se convierte, en este sentido, en una provocación y en una invitación a transformar nuestra mirada y a ensancharla. La realidad de la trata de seres humanos no es un problema casual, puntual, ni individual. Se trata, por el contrario, de un problema estructural y colectivo, que general miles de víctimas en todo el mundo, y pide ser mirado y tratado como tal.

El Lamento de Raquel (y lo pongo con mayúsculas, pues se trata de un llanto genérico), está personalizado en una mujer que, en realidad, ya había muerto en tiempos del profeta Jeremías. No es casualidad que los gritos de dolor tomen cuerpo femenino.

Raquel asume la portavocía de todas las víctimas, porque por desgracia, esta condición está feminizada en nuestro mundo. Raquel es un ejemplo más del dolor bíblico puesto en boca de mujeres (1 Sam 1,10, Dn. 13, 22-23, Lam 1,16.21; 2,18-22, etc.). No es necesario nombrar la tremenda carga de dolor y sufrimiento de recae sobre las mujeres víctimas de trata. Este texto nos invita a dejar que resuenen dentro de nosotras y nosotros los “quejidos y amargos lamentos” de estas mujeres.

Pero el clamor de Raquel en Ramá es escuchado, y Dios responde a él de manera personal. Dios está en la Historia como el que consuela, alivia y promete fecundidad y Vida en abundancia para todas las víctimas y, con ellas, para toda la Humanidad. Raquel pasa de ser una mujer vejada y humillada, a convertirse en una interlocutora significativa para Dios. Dios oye el clamor de su pueblo y, una vez más, “baja a liberarlo”. ¿Cuál ha de ser hoy nuestra respuesta de liberación al problema de la trata de seres humanos en nuestros contextos de Centroamérica?

Esperanza de Pinedo Extremera, Apostólicas del Corazón de Jesús.

 

[i] En el 587 a.C., el ejército de Nabuconodosor entró en Jerusalén, destruyó la ciudad y llevó al pueblo cautivo.
[ii] Madre de José y abuela de Efraín, muerta en condiciones trágicas al dar a luz a Benjamín, su segundo hijo, como se narra en Gn. 35,19.